Lo que nos faltaba. Economistas pontificando de medicina. Eso es lo que pensará mucha gente ante la polémica entre el Ministro de Hacienda y uno de los nuevos miembros de la Junta del Banco de la República, sobre si Colombia se ha contagiado de la enfermedad holandesa El Director opina que sí, que este virus ya llegó a Colombia y deben tomarse medidas extraordinarias para evitar que se propague, mientras que el Ministro es más optimista y piensa que aquí estamos bien protegidos contra esa plaga que ha causado estragos en otros países, por lo que no es necesario que las autoridades apliquen vacunas adicionales que podrían perjudicar al paciente.
Para tranquilidad de los médicos hay que aclarar que la tal enfermedad holandesa no es otra bacteria repartida por el mundo desde algún laboratorio del gobierno norteamericano, sino el nombre que se le dio a un fenómeno puramente económico. Así se denominó la recesión y el desempleo que sufrió Holanda después del descubrimiento de enormes reservas de hidrocarburos en el Mar del Norte en la década de los sesenta; el aumento de las exportaciones de gas y petróleo revaluó la moneda local y debilitó la competitividad de los demás bienes y servicios producidos en el país generando una caída de las exportaciones industriales y agrícolas, y un gran aumento de importaciones que sustituyeron la producción doméstica.
Aunque en su forma original el virus estaba asociado al hallazgo de recursos naturales exportables, pronto se identificaron nuevas cepas en otros factores que también generaban ingresos extraordinarios de divisas no causados por mejoras en la productividad del país, como el aumento de los precios de un producto de exportación (el caso del café en los años setenta), o inclusive ingresos de capitales especulativos, que presionaban la revaluación de la moneda doméstica.
Con base en esta definición, no cabe duda que el diagnóstico del Ministro está equivocado y que Colombia sí está padeciendo la enfermedad holandesa. Más aún se trata de una variante compleja que combina el aumento de los precios del petróleo y el carbón (produjeron 6.000 millones de dólares el año pasado), los ingresos de capitales de corto plazo (1.700 millones de dólares) y las remesas de trabajadores (3.200 millones de dólares). Como si esto fuera poco, tenemos una variante muy colombiana del virus, que es el lavado de dineros ilícitos, que se hace a través de diversos canales incluyendo la compra de dólares en efectivo por parte de algunos bancos y casas de cambio, que el año pasado alcanzó la enorme suma de 1.400 millones de dólares. Será difícil adivinar quién trae tal cantidad de billetes al país?.
Sin embargo, en gracia de discusión uno podría aceptar que el país no sufre la enfermedad holandesa sino una peor, una enfermedad colombiana en la que el aumento de los ingresos de dólares no produce un superávit en la cuenta corriente de la Balanza de Pagos, que fue negativa en 1.100 millones de dólares en el 2004, y se espera que el saldo negativo llegue a los 3.000 millones en el presente año. Por supuesto este déficit ha sido cubierto con abundantes ingresos de capitales, generando una nueva prosperidad al debe cuya destorcida tendrá graves consecuencias.
Como resultado de tal avalancha de dólares el precio de la divisa ha caído $600 en dos años, es decir ha habido una revaluación nominal del peso del 20% en este período, o del 30% si se incluye el efecto de la inflación. Es de tal magnitud el exceso de oferta de dólares que ni siquiera la activa intervención del Banco de la República en el mercado cambiario ha logrado subir la tasa de cambio. En efecto, el Emisor compró el año pasado 2.900 millones de dólares, y en el primer trimestre del 2005 ya ha acumulado otros 800 millones, pero la tasa de cambio no sube de $2.350. No quiere decir esto que la intervención del Banco sea inútil, porque no hay duda de que ha evitado una mayor revaluación, sino todo lo contrario, que se necesita que controle los flujos de capitales, lícitos e ilícitos, y que compre todavía más dólares, mientras está baratos, para que se los entregue al Gobierno y este pueda prepagar deuda externa.